Fénix

Ardo en público.

Me consumo pensando en manos ajenas recorriendo mi cuerpo, en la complicidad de dos lenguas retorciéndose y danzando tímidas, imitando el movimiento de una llama latiendo sin ritmo fijo, resistente a la brisa y al agote, mientras yo – también fija -, en el centro de mi silla hiervo a borbotones, trepo por la enrredadera de mis pensamientos, delirando atontada y febril, con las manos tibias y el pecho liviano, como un enfermo incómodo resistiendo la petite mort en una sala de espera, porque quizá sea mi cabello suelto o la fricción de la tela suave del vestido que me envuelve, lo que me obliga a resistir la tentación de consumirme hasta el hueso envuelta en llamas y recobrar el aliento desde una montaña de cenizas – vómito cósmico de mis órganos retorcidos, paralizados, muertos – y como un ave fénix, expandir mis alas, romper todo vestigio de espacio – la fibra óptica del tiempo – en un solo aleteo de 450 grados hasta quemar las pestañas de los testigos, que ciegos de espanto huyen despavoridos bajo el ahora gris manto de la bóveda celeste, mientras sigo aleteando con fuerza levantando del suelo la hierba aún fresca, derrochando a derredor vigas de cemento y trozos de loza que antes retenían el peso de una débil mesa donde apoyaba el café que ahora yace derramado sobre el material blanco que le abrazaba, y es que me consumo pensando en manos ajenas recorriendo mi cuerpo hasta que los golpes de puerta siempre me gritan ¡despierta!.

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