El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte.
II., El circo de la soledad, Silogismos de la amargura, Emil Cioran
Pausa.
Pausa – me digo, balanceando el insoportable peso de un comentario hiriente entre mis manos. Cierro una puerta, dos, tres: colapso mi frente en ella y respiro… respiro un aire ácido que no llena mis pulmones.
Enfócate.
Esquivo el tráfico, cruzo la calle, camino hasta el parque y me desplomo, sobre un incómodo banco de piedra. Allí, palpo con mis manos la aspereza caliente y suspiro… suspiro al aire un dulce rugido por desamparo.
Respira.
Respira – digo, y la ciudad me abraza: suena el run-run de los autos, el triste sollozo de hojas secas arrastradas sobre la hierba y – a lo lejos, a lo lejos yace el mar quebrándose sin pausa, pero con prisa.
Una cosa a la vez…
Me repito, me repito yo – yo misma, como un mantra y recuerdo lo insignificante de mi ruido, lo pasajero de mi estancia, lo temporal y frágil del latido anclándome sus garras en la garganta.
Nada es tan grave. Nada puede ser tan grave.
Pausa.
