«Tout est monotonie et répétition. Pourtant, c’est dans cette répétition même que se joue notre sort.»
De l’inconvénient d’être né, Émile Cioran.
En el Colegio de Párvulos donde estudié de niña, las monjas nos castigaban haciéndonos repetir palabras en francés de cara a la pizarra. Mi francés no es tan bueno como se esperaría, y no por falta de tiempos-fuera. He viajado por Europa, sí: Portugal, España, Italia, pero nunca he asomado las narices por Francia. Mi relación con ella ha sido… Je ne sais quoi.
En la universidad, mi amor por la filosofía creció de la mano de franceses moralistas, filósofos del absurdo, poetas y genios que chocaron vasos, opiniones y miradas en el Café de Flore. Dadaístas, existencialistas, surrealistas, escultores: Sartre, Simone, Hemingway, Capote, Durrell. Un poco extraño mencionar sus nombres desde mi cubículo de oficina en San Juan, Puerto Rico.
La monotonía es la angustia anidando en la costumbre. Los franceses dieron en el clavo al llamarle ennui a ese estado neutro, entre el aburrimiento y el agotamiento. Yo le llamo tedio, por darle un toque más existencial. No es causalidad que el concepto fuese eje central de la literatura y la filosofía del siglo XIX: se erigió sobre ciudades modernas, de la mano del insaciable capitalismo.
Charles Baudelaire, en su poema «Spleen» de «Las Flores del Mal», lo explica como nadie:
Tengo más recuerdos que si tuviera mil años.
Un gran mueble de cajones atiborrado de facturas,
de versos, de notas de amor, de pleitos, de romances,
con pesados mechones de cabellos envueltos en recibos,
oculta menos secretos que mi triste cerebro.
Es una pirámide, un inmenso mausoleo,
que contiene más muertos que una fosa común.
— Soy un cementerio aborrecido por la luna,
donde, como remordimientos, se arrastran largos gusanos
que siempre acosan a mis muertos más queridos.
Y más allá de ser un cajón de muebles, en sus propias palabras, «el hastío, fruto de la melancolía incuria, adquiere las proporciones de la inmortalidad». Pero poco se habla sobre su mayor consecuencia: la desesperación, esa ruptura entre la expectativa idealizada y lo mundano de nuestra realidad, nuestra insignificancia, tan bien expresada por Flaubert en «Madame Bovary». Incluso, Schopenhauer fue más allá en «El mundo como voluntad y representación», al plantearnos la vida como un ciclo interminable de deseo y sufrimiento, interrumpido por momentos de ennui, por vacíos existenciales.
Mucho se ha escrito sobre el ennui, muchos lo han sufrido y aún más hoy se medican para acallar las voces del tedio. Bernard Stiegler culpa a la automatización tecnológica y le acusa de provocar una especie de «desesperación colectiva». Jean Baudrillard, apunta a lo saturados que estamos, atrapados entre reels y simulacros. Yo, desde mi humilde rincón de lectora, me limito a fascinarme ante la capacidad de los franceses para nombrar el cáncer emocional que nos corroería por siglos el alma, y a agradecer los tiempos-fuera de mis monjas, que me enseñaron lo poco que sé para admirar torpemente los textos en francés.
Pero, es triste. Muy triste. Las plantas mueren en las oficinas administrativas y los derechos humanos a los pies de la Justicia, mientras solo somos en la medida que nos reconocen. Solo unos pocos no dejamos ir la filosofía, la poesía, el amor por el Amor, la devoción a los pequeños detalles que nos siguen haciendo humanos, «demasiado humanos», diría Nietzsche en su inmaculada crudeza alemana. Creo en nutrir nuestras almas, como nutrimos nuestro cuerpo. Descubrir y maravillarnos, todos los días, en los pequeños detalles; permitir que duela la agonía, juguetear al borde del abismo para guiñarle un ojo cuando nos mire de vuelta.
Naufragamos en un laberinto de cemento, coincidiendo ocasionalmente, con otros. No sabemos a dónde vamos, cuánto falta, qué encontraremos a la vuelta de la esquina. Solo se rumora que existe un propósito, que existe un fin, y deambulamos perdidos, sumidos en la decepción de más paredes, de más camino, cuestionando – sumidos en el tedio y su infinita melancolía – nuestra capacidad para seguir, incluso para sentir. Numb. Adormecidos. Ennui. Dislocados allí, donde «la Esperanza Vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica, sobre mi cráneo prosternado planta su bandera negra»…

¡Glup…!
Me gustaLe gusta a 1 persona
«La monotonía es la angustia anidando en la costumbre».
Cuánto tiene de poesía la filosofía. Un buen nutriente para la vida.
Gracias por ese texto tan interesante.
Me gustaLe gusta a 2 personas
Gracias a ti por leerme. Sin duda, mucha poesía. Alimento para la mente y el alma.
Me gustaMe gusta
«Solo somos en la medida en que nos reconocen», ¡cuánta razón, cuánta vigencia! Basta conocer la necesidad con la que los seres humanos, hoy día, entran a sus redes sociales en busca del anhelado «like»: el dios que los reconforta y les arroja a la cara la confirmación de que son la ficcion que han construido
Me gustaLe gusta a 1 persona
Así es… Se ha perdido un gran arte: el de vivir plenamente sin necesidad de reconocimiento.
Me gustaMe gusta
Es un placer leerte. Tus textos siempre llenan de interrogantes mi lectura y alimentan mi escritura
Me gustaLe gusta a 1 persona
Agradecida por tan hermosas palabras…
Me gustaLe gusta a 1 persona