
«I am like a small creature swallowed whole by a monster,
and the monster feels my tiny little movements inside.»
Caminaba en la oscuridad y temblaba, temblaba de emoción y no de miedo. Hundía mis brazos en la nada, y todo en mí era silencio: ¿será así como se siente estar muerto? Un relámpago rojo rompió el impenetrable muro negro: a la distancia, parpadeaba sin cesar una luz de emergencia. Con trazos rojos, casi transparentes, pintó a mi alrededor dos paredes blancas, habitadas por una infestación de cuadros negros. Es un museo – pensé, mientras la luz parpadeaba cada vez más rápido, dejando al descubierto lo infinito del pasillo en el que naufragaba, sola, en la oscuridad, en el silencio. Los flecos de mi vestido acariciaban tiernamente el suelo, y su tela era tan liviana, casi un susurro: ¿seré yo, un eco?
El aire olía a vino, a vino tinto, añejo, a vino días después de haber sido servido en copas, a vino olvidado en la botella: el aire era denso, tan denso, que la oscuridad, como agua invisible, lo inundaba todo, contaminando la atmósfera de una soledad burbujeante. Sueño despierta y apenas floto – y flotaba, sobre el suelo de mármol, entre relámpagos rojos. Los viejos cuadros me observaban como testigos, como gatos negros en los tejados, esperando pacientemente que los admirara, como ellos me admiraban a mí. Estoy teniendo el sueño más extraño – dije, mientras me volteaba hacia uno de los cuadros: un bodegón de lirios del valle secos, muertos, desperdigados sobre frutas podridas, pintadas con óleo dañado, óleo quebrado, óleo expulsando entre partículas de pigmento, aceite claro, claro como pus en una herida abierta.
El lienzo se retorcía, casi imperceptible, y yo, inclinada como un marinero por la borda, acerqué el oído hasta escuchar un ronroneo: el sutil murmullo de cucarachas, arañazos de ratas y gusanos devorando carne fresca: del otro lado del lienzo, ¿hay carne fresca? La luz roja dejó de parpadear y la oscuridad me tragó de un sorbo: me hizo tan pequeña… Entró por mi nariz y por mi boca, dejándome sin aire, llenando mis pulmones de materia negra, forzándome a batirme en un duelo salvaje contra esa inmensidad, que se enredaba entre las tiras azules de mi vestido, haciendo de mí una enorme estela azul, asfixiada y colapsada sobre mí misma, en una nada densa, infinita y burbujeante. ¿Habrá sido así, como nació la Luna?, sola – como un eco imperceptible, en una oscuridad impenetrable.
