Autómata

Abuela solía contarme que mi abuelo, joven entonces, frecuentaba una barra cercana a la casa después del trabajo. Caída la tarde, regalaba vellones a unos niños del vecindario para que se colaran en el bar y programaran en la vellonera una balada, que reconocida por él al escucharla, le advertía era hora de volver a casa.

Mucho después – cuando yo a duras penas alcanzaba las manijas de las puertas – la recuerdo con los ojos cerrados, en mítica concentración telepática, llamando a viva voz el nombre de mi abuelo por los pasillos de la casa, angustiada por desconocer su paradero, hasta que – o bien él se materializaba en el portón, o los gritos del teléfono interrumpían los de ella.

Hace unos siete años, mientras desvainábamos gandules en el comedor, abuela miró sobre sus lentes de lectura y me dijo: «Chechén, los hombres son niños que nunca crecen, y nosotras somos responsables de ellos: de alimentarlos, regañarlos y consolarlos cuando se dan contra el piso por no hacernos caso, y sus madres no los aceptan de vuelta».

Este consejo, como muchos otros, los ahogó a diario en un mar de preguntas sobre mi colección de quiénes, con sus tiernos: «¿te quiere?», «¿siempre vuelve?», «¿te regala flores?», «¿te lleva a lugares bonitos?»; los no-tan-tiernos: «eres demasiado dura», «eso no lo aprendiste de mí», «déjate querer»; y el fatídico: «no te cases ni tengas hijos, que ese carácter los va a joder».

Hoy, que su demencia nos distancia sin separarnos, la siento más cerca que nunca: ella es puente entre la niña que colgaba de su delantal oloroso a azafrán y perejil, y la mujer a quien calentó el corazón de iglú con café dulce y preguntas indiscretas.

La extraño terriblemente. Extraño sus manos trenzándome los cabellos, sus historias sobre pueblos tan lejanos como los ríos que decía atravesar para llegar a la escuela; sus tés terriblemente milagrosos, el olor a remedios antiguos de sus sábanas, su obsesión con un jardín siempre húmedo, sus celos desproporcionados en abierta campaña contra el desdén de mi abuelo; el constante murmuro de un rosario en las mañanas y las conversaciones vespertinas invocando el sueño con agua de azahar; su colección de fotos familiares en el chinero, recostadas, sin enmarcar, sobre las copas cubiertas de polvo; las puertas siempre abiertas y los gatos siempre gordos; los vecinos que se multiplicaban como panes; y sus regaños, rápidos y puntuales, como dardos a ojo de buey.

Hoy, mi corazón se quiebra cuando su voz se quiebra, confundida entre mi nombre y mi imagen; se desorienta, cuando el cansancio de perder otra batalla despierta en su ser una rabia que no puedo contener, como contengo las lágrimas en mi garganta, dejándome inmóvil y aterrorizada el súbito impulso de huir y no volver; y me destruye, la incapacidad de estar ahí, donde estoy sin estarlo, para darle un beso y fingir que todo estará bien…

Entonces, vuelve a mí: asoman por sus ojos azules chispas de ilusiones, sonríe y reclama dónde estaba (yo…), por qué la he olvidado (yo…), por qué no la he visitado (yo…) y, felizmente infeliz, intento atraparla y retenerla para mí, pero… se me escapa nuevamente entre los dedos con sus chistes y recuerdos, increpando sobre el esposo que no tengo e imaginando al hijo que nunca tendré; se me escapa, lentamente, desapareciendo en la oscuridad de un silencio denso y dejándome allí, otra vez, estando sin estarlo, con la represa reventando, inmóvil y aterrorizada, como la niña que fui y la mujer que soy, observando cómo se vacía el cantil de su memoria dejando a su paso sólo la espuma y una delicada flor marchita con 95 primaveras en las costillas.

La extraño…

Terriblemente.