Generación espontánea

Es temporal.

Escribo unas cuantas palabras, las observo retorcerse por unos minutos y las condeno a muerte súbita. No existieron para ustedes, y al cabo de un rato ni yo misma las recordaré. Es temporal, me digo haciéndole frente a este bloqueo monumental que me impide plantar las semillas de mis pensamientos en suelo fértil. Me siento árida, pero no es la primera vez. A veces pasa por horas, por semanas o meses; a veces, por personas o relaciones. Hay gente muy árida, sí; no siempre soy yo, a veces pasa que cualquier línea que valga una sentada, se me escapa en cuanto me le acerco.

Escribir es un continuo aprender a cazar. Aprender a observarme lo suficientemente bien para ¡ZAZ! atrapar en vuelo la frase correcta, encerrarla en mi jaula de ideas hasta verla crecer, tac tac tac, al ritmo de mis dedos sobre el teclado para luego mandarla ya criada a volar, a hacer nido en otra mente o a morir en donde le plazca, sea acompañada o sola. Y ojo, que esto para mí no es un oficio. Diría que es más un pasatiempo, pero son pocos quienes me conocen y saben de mis tac tac tac matutinos o mis tac tac tac ebrios… Es que escribo desde que tengo memoria: cartas infantiles de amor a mi madre, poemas hipersensibles a los niños del colegio, reflexiones melancólicas en servilletas, notas inconexas en las páginas de los libros…

Me retuerce un poco el estómago aceptar que este no-oficio es un nudo en mi garganta cuando me preguntan qué me gusta hacer y digo: leerme un libro, pasear por la playa, ir al cine… y lo que quiero decir, lo que de verdad quiero decir va más por la línea de me gusta que me dejen en paz y que las palabras fluyan relajadas por mi cabeza hasta mis manos. No es esta una entrada regular, ya lo sé. No es el típico descorche delicado, que termina con un plup parecido a un besito. Es un ¡PAP! monumental, de fin de año, de felices fiestas, de espumoso barato con sabor a resaca y dolor de cabeza. Son cosas que se presienten, como cuando alguien te mira o antes de bajarte del coche piensas dos veces si bajas el paraguas. Son fenómenos fantásticos que arrastramos en la memoria genética, que viven entre nosotros como teorías anti-científicas.

¿Ya vieron? Le hice ¡ZAZ!.

Tac, tac, tac.

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