Hablando en plata

…si la verdad es ciertamente «el alimento del alma», lo es sobretodo el de las almas fuertes. Puede ser peligrosa para otros. Al menos, en su estado puro. Puede incluso herirlos. Es preciso dosificarla, diluirla, vestirla. Además, es preciso tener en cuenta las consecuencias por el uso que harán de ella aquellos a quienes se dirá. Generalmente hablando, no hay, pues, obligación moral de decir la verdad a todo el mundo, y no todo el mundo tiene el derecho de exigírnosla.

Reflexiones sobre la mentira, Alexandre Koyré.

Llama las cosas por su nombre.

Es terco ese a quien consideran determinado, y extremadamente calculador, el que llaman inteligente. Hay una frialdad innata en su análisis minucioso, en el estudio imparcial de su entorno y la evaluación constante de riesgos; una frialdad que poco comulga con el calor infernal de la pasión compartida o la tibieza de las muestras mínimas de afecto. ¿Qué quiero decir con esto? Que ninguna de las dos cualidades, ni la determinación ni la inteligencia, deberían ser ofrecidas como un cumplido: son un tumor maligno destruyendo la fibra más sensible, más humana de quien las padece. Hablamos de una enfermedad terminal que insensibiliza de por vida, cuyo único tratamiento es el amor ajeno y resulta mortal a quien lo ofrece.

Las personas más brillantes que conozco viven una soledad muy íntima y poco explorada, incluso invisible para quienes comparten con ellos la cama, codo a codo, día a día. Son artistas de la mentira. Manipuladores de una verdad inmaculada: saben que todo podría ser de otra manera, incluso ellos mismos. En palabras de Koyré, la palabra no es, de hecho, sino un medio para ocultar su pensamiento; y confieso, sin más intención que el desenmascaramiento de mi buena fe, que he cuestionado en más de una ocasión si existe límite al engaño que imponen mis palabras dichas, en comparación con las escritas. Puedo decirte que estoy bien con una espada atravesando mi pecho, y me creerías, como yo misma lo creo: total, íntegra y absolutamente.

Hay que llamar las cosas por su nombre: estudiar las palabras según de quien vienen y observar con detenimiento la acción inmediata que les acompaña. Por ejemplo, admirar una sonrisa hasta que muere, sobretodo si fuiste tú la causa de su nacimiento; sostener la mirada de quien te espía para saborear la impertinencia y el juego; y sí, jugar, por qué no, con la llama en el corazón ajeno, avivarla y sentarte al fuego hasta quemarte y preguntarte: ¿pondría la mano de nuevo? Se llama confianza. Hay mucha determinación en eso, en abrirnos el pecho, destriparnos y buscar en nuestras entrañas signos de inteligencia. Quizá Koyré tenga razón y no todo el mundo lo merezca, pero quizá yo tenga razón y solo estemos condenados a repetirnos. Es un cumplido.

Tómalo y vete.

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