Amor fati

Aceptar que eres respuesta, pemirtirá que te hagas las preguntas correctas.

La noche del 30 de diciembre uno de mis amigos más queridos estalló en llanto; un llanto incontrolable, de esos que te desfiguran la cara y te obligan a agitar los brazos como un náufrago a la deriva. Estábamos ebrios. Regresábamos de una fiesta y no había causa evidente para ese llanto tan desbocado.

Lo había visto llorar antes. Es el tipo de hombre que no teme mostrar sus lágrimas. Mi tipo de hombre, por así decirlo. Un buen chico perdido en sus propios pasos, y una que otra vez en los míos. ¿Qué puedo hacer por ti?, pregunté en más de una ocasión, mientras sacudía la cabeza y se tapaba el rostro; un rostro ahora escondido, antes desfigurado, y un poco antes sonriente.

¿Te puedo abrazar?, y el llanto se detuvo; se detuvo con la misma rapidez con que inició dándome la impresión de haberle disparado al pecho. Asintió, y nos abrazamos. Nos abrazamos como muy pocas veces nos hemos abrazado, cobijados bajo el manto de un dolor ajeno y compartido, mientras su cuerpo temblaba y el mío se balanceaba para no caer al vacío.

La amo, la amo como nunca he amado a nadie, la amo desde hace 12 años y no hay nada que pueda hacer para que sea mía, dijo el antes-baleado ahora acuchillándome el pecho. Pude sentir el crujir de mis costillas y los órganos haciéndose puré, confundiéndose unos sobre otros, escurriendo mi esencia vital entre los pliegues de carne rota, de piel destrozada.

Nadie sabe lo que es esto, continuó, no sabes lo que es saber que amas a alguien que no puedes tener por tanto tiempo que te acostumbras– Silencio. Era el llanto. Ese llanto trepando por su garganta, bloqueando la vía por donde salían antes las palabras, condenándolas ahora al silencio del incomprendido. Me miraba con odio desde el otro lado de la habitación; con un odio tan lleno de amor: amor del incomprendido. Por tanto tiempo que olvidas ser tú mismo, agregué yo.

Fue entonces cuando entendí que no estaba haciéndome las preguntas correctas. Fue ahí, en ese espasmo de tiempo, donde acepté que no es fugaz ni casual ni arbitrario el amor que he ido cosechando hace un año en mis entrañas. Viendo mi amigo partirse el alma, reconociéndome en él, entendí que la soledad de ambos está plagada de recuerdos, de recuerdos antes vivos y ajenos, que hoy parasitan en nosotros para sobrevivir.

Y sentí el llanto. Lo sentí subir por los pliegues de mi garganta, trepar por las cuerdas vocales, arrimarse a mi lengua y escapar por mis labios en un suspiro monumental, de esos que provocan terremotos al otro lado del mundo. Y éramos dos platos rotos en medio de su sala, dos estatuas desfiguradas, dos bancos de piedra destruidos, dos… Dos existencias fragmentadas vibrando a la par en un mismo llanto; un llanto que parasita en nosotros para sobrevivir.

Me he hecho las preguntas incorrectas, le dije y sus pupilas se entrelazaron con las mías hasta fundirse en una sola luna eclipsada. ¿De quién hablas?, preguntó y no respondí. No respondí entonces ni respondí luego, girando entre las sábanas; tampoco en la mañana, cuando compartimos un café con canela, ni al día siguiente, ni al siguiente, ni hoy. ¿Para qué?

Hacerme las preguntas correctas es una buena forma de empezar el año.

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