Me iré en silencio y de puntillas. No advertirá mi ausencia, ni escuchará mis pasos. Besará su puerta el marco y los últimos suspiros rodarán escalera abajo en completo silencio. Famélicas lágrimas morirán sin testigos sobre las mangas de mi blusa y, como besos a flor de piel, diré adiós tímidamente al vacío que dejará mi propia ausencia. Sé que reventarán en mi garganta cientos de mariposas al caer de un golpe la cerradura, y huiré a esconderme en los pliegues de otro nombre, a disfrutar del tedio infernal que arrastra el ocio. Serán torpes las caricias que, en abierta aberración al decoro, me abstendré de colgar a su cintura, cuando pesada como un péndulo de hierro le deje al fin flotar liviano en su propio mar de incoherencias. Sí. Le dejaré donde está, a donde fue sin regreso, absorto en su nube de humo verde. Cronos retrocederá la bóveda celeste y Atlas se desplomará, agotado, dejando una estela de miedo y vacío inscrito en la frente de quienes muertos en vida nunca mueren. La espera, la verdadera espera, agotará mi paciencia y el tiempo perdido no aceptará más ofrendas de paz: oxidará la sangre en mis venas y mis ojos crujirán secos, en sus órbitas, hasta partirse en dos.
– ¿Todo bien?
– Todo bien.

Delicioso. Un placer leerte. Feliz finde.
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