El alquitrán del camino embriaga más
Cómo decirte, cómo contarte, Joaquín Sabina
que el suave vino del hogar.
«Ya no más» , le dije anoche a las sábanas con dos abanicos de testigo. Alguien tenía que decirlo. Alguien tenía que sentenciarlo y contar los días hasta aplicada finalmente la condena. ¿No lo ven? Es otra vez la misma historia: el mismo hilo rojo cortando mi circulación, los mismos alfileres de vudú perforándome las plantas de los pies, el mismo cuento de nunca acabar – una y otra vez, así – porque sí, ¿o cómo más?
Esta historia sin fin es nuestra peor pesadilla convertida en sueño.
Los monstruos que antes nos paralizaban, hoy se sientan a tomar el café con nosotros. Preguntan por azúcar morena, exigen su leche tibia, ríen entre ellos imaginando que beben descafeinado. Los puntos muertos sobreviven entre comas, y aquellos silencios – antes incómodos, hoy juegan al sudoku acurrucados en la hamaca del balcón. Alguien tenía que decirlo, aunque fuese al silencio de la habitación, a la indeble voluntad del destino: «Préstame tu mano y te desenredo el hilo» , es hora de soltarnos o huir.
