A fuego lento

Así como Saturno devoró sus hijos, un buen escritor intuye cuándo su obra merece morir: sus sentimientos más puros, sus pensamientos más densos, sus deseos más oscuros, siempre: al fuego. Kafka le pidió a su mejor amigo, Brod, que quemara sus escritos y muerto su amigo, él los publicó. Nabokov pidió a su esposa que quemara su novela Laura, y ella la escondió en una caja fuerte por tres décadas. Dickinson pidió a su hermana que quemara sus papeles, y ella dejó vivos los poemas. Bulgákov quemó una y otra vez su novela más famosa, re-escribiéndola hasta perfeccionarla.

No toda historia nace para ser inmortal. La nuestra, por ejemplo, merece quemarse a fuego lento, como mismo se escribió. Nadie sospechará que fuimos dos niños torpes correteándose sin cesar bajo postes de metal en sucias calles de asfalto roto. Dejemos morir la fantasía, por compasión. Podríamos sentarnos a quemarla juntos (si quieres), a observarnos agonizando entre las llamas vivas (si quieres), a desvanecernos reventando entre chispas doradas (si quieres). Me tiraría también yo, con nuestra historia, al fuego, te diría riendo a borbotones, y tú tumbado a mi vera dirías bajito: Deja de bromear con morirte

Pero, nuestra historia, no merece un final tan feliz.

Ni yo tampoco.

4 comentarios en “A fuego lento

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