Hay más paciencia en el amor, que amor mismo.
Es una de esas verdades tan rígidas como el tronco de árboles milenarios. Es una de esas verdades que sólo se descubren leyendo a otros, que vivieron otras épocas, que aprendieron antes que nosotros sobre el amor y sus placeres. Amar con paciencia es un arte perdido, casi tan elevado como el cincel contra el mármol o los hilos confundidos unos sobre otros hasta formar tapiz.
Amar sin prisas implica devoción, y una afición desbordada por perder constantemente la cordura. Hablo de revivir una y otra vez lo peor, la más ansiosa angustia, hasta domarla y tenerla – ya hecha ternura, a los pies de la cama. Hay nobleza en no tener prisa: este mundo no está hecho para esas tendencias. El corazón sabe cuando el amor es puro, lo sabe al regocijarse en la presencia del otro, al sonreír solo cuando su voluntad sonríe.
Lo he descubierto leyendo mis libros, y leyéndolo a él. Pasando los días como páginas, marcando en mi memoria momentos como se doblan esquinas de papel. Más de una vez, contemplándole, he pensado en lo bello que es amarle sin prisa, a sabiendas de que el ritmo requiere de pausas y el tiempo se nos escurre entre las almas, como polvo acumulándose en las repisas.
Nada me apetece tanto como olvidarle. Quiero volver a leerle. Quiero volver a acercarme por vez primera, y asomándome a sus pupilas juzgarle por su portada. Quiero volver a tomarle entre mis manos por primera vez y sentirle caliente al toque, volver a oler su cuello en un primer abrazo y preguntarme, escuchándole, ¿qué final nos depara? Quiero volver, por primera vez, a sentir miedo, la ansiedad ante la imposibilidad, esa angustia.
Es una de esas verdades que se heredan de otros, y que nos anclan al mar embravecido: hay más paciencia en el amor, que amor mismo. Una llama que cobra aún más fuerza a punto de apagarse, que prueba su vitalidad en las condiciones adversas. No tengo prisa, le diría si me preguntase, te disfruto como a la lectura de los domingos o los libros sin leer, como los cafés que no me he tomado y las palabras de amor que no nos decimos, que no hacen falta.
Hay que leer más, y mejor… Conscientes de que, a veces, conviene juzgar los libros por su portada.
