Silencios que Hablan

No encuentro las palabras.

Usualmente, puedo verlas a lo lejos trenzando nubes desde la ventana de mi cocina, deshilachándolas como tiras de algodón; o, intuirlas al pasar de reojo por una habitación, sentadas – maniatadas, reprochándole silencios a un recuerdo ya borroso… Pero, van varias semanas que no… No encuentro las palabras.

Admito que al principio no las extrañaba. Los silencios también tienen su encanto, un encanto incómodamente perfecto. Las palabras, sin embargo, se enredan demasiado… Son un derroche cósmico de símbolos y significados, de tiempo e interpretación. Un hilo macabro de intenciones, siempre egoístas, que no llevan a ninguna parte.

Hace pocos días, no escuché el despertador. Corrí de un lado a otro por la casa, arrastrando la tira de la bata, preparando la mochila del trabajo, el almuerzo en la lonchera. Corrí y corrí, hasta que llegué al coche, y del coche al trabajo en un abrir y cerrar de ojos: allí estaba yo, sentada en el escritorio, bajo un bombardeo de palabras escritas, palabras pronunciadas, palabras, palabras, palabras, todas con propósito. Pero, ¿y las mías dónde estaban?, me pregunté de vuelta a casa.

Fue una pregunta de esas preguntas violentas que abren camino a otras, como una represa de agua rabiosa. Y los días han pasado, uno tras otro, plagados de silencios, silencios atormentándome con la infantil insistencia de los cronopios y famas. Los escucho corretear en la noche, como duendes zahorís de Cantabria, y los intuyo cerca de mí como un genius loci romano. Sospecho que sufro la maldición de Casandra, y voy sin rumbo anunciando la caída de Troya.

¿Será que no tengo nada que decir? ¿Será que toda palabra dicha creció (semilla, al fin) y ahora todo lo ocupa en su naturaleza alta, rebelde y frondosa? Espera. Intuyo la presencia de un silencio en la cortina. Me mira desde el otro de la sala y se acomoda la chaqueta. Desde allí, sentado, todo lo ve y todo lo ocupa: su mirada es la luz que baña las paredes blancas, la calidez irradiando de la vela casi agotada sobre el estante, la suavidad de cada hoja en mi puñado de libros cerrados sobre la mesa de centro.

Puedo escuchar su pupila palpitar al ritmo de mi corazón. Lo sé, porque intuyo la dilatación en el aire, en ese aire que le esquiva al entrar por la ventana y acariciarle sentado en un pliegue de la cortina. ¿Será parte de una plaga invisible, como los gnomos de Europa del Norte? ¿O un ser sin vida como el Viento de la Miseria de García Márquez, o el viento de Ray Bradbury?

No encuentro las palabras, pero finjo que escribo. Finjo que las encontré, a ver si ellas me encuentran a mí, a mitad de camino. Qué sola esta vida sin ellas. Qué triste, qué aburrida, qué eterna… ¿Será que toca negociar con los silencios? ¿Rendirme a su estrategia? ¿Serán los silencios quienes me robaron el tomo de Sun Tzu que compré en Claridad hace unos meses? Ya saben, El arte de la Guerra… No lo encuentro en ninguna parte. ¿O será que son – por naturaleza, cleptómanos?

No, no tengo tiempo para eso. Necesito encontrarlas… Necesito mis palabras de vuelta. Hoy no preparé el café ni me senté a la mesa. Salí, compré fuera y volví, a ver si las encontraba desahuciadas en la acera, colgando de alguna flor callejera, o en una taza de café ajena, ¿qué? ¡No me juzguen! ¡Una nunca sabe! Qué mucho extraño jugar con ellas, decorarlas, puntearlas, enhebrarlas en hermosas prendas, colgarlas en otro oído, o envolverlas para otros ojos. Sé que volverán, si las ignoro. El viento apaga una vela, pero aviva un incendio. Me voy, que ahí viene otro silencio.

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