Prioridades

Perdiendo el tiempo, me encontré.

Avanzar.

Dicen que esa es la clave. Mantenerte en movimiento, siempre en dirección recta, sin tropezones ni contratiempos. ¿Perder impulso? ¡Quién tiene tiempo para eso! Para sentarse al borde de la carretera y contar los coches rojos que transitan contra el viento, o competir por el mayor impulso en los columpios un lunes en la tarde. No, no hay tiempo para eso: tienes que buscarlo, reclamarlo, exigirlo, arrebatárselo a la vida y abrazarlo tal cual es… Tu derecho.

Perder.

Yo digo que esa es la clave: tener tiempo para perder. Dejar en casa la cordura, malgastar fortuna y brindar en nombre de la ruina. Descubrir quién eres cuando no tienes qué perder, cuando no te queda nada de lo que te hace quien «eres» … Es una proeza muy noble. Y no, no hablo de convertirte en asceta, sino de probar la miseria y ver si, en efecto, es tan amarga como dicen. ¿Realmente es tan grave descarrilarse? ¿Transmutar? ¿Cambiar? Después de todo, es tu derecho.

Conocer.

¿A qué te sabe el fracaso? ¿A sudor y ejercicio, a sexo y despilfarro, a alcohol y tabaco, a campo o ciudad, a un tentempié dulce o un atracón salado? Realmente, ¿te vence el desánimo o lo burlas con facilidad? ¿A dónde vas cuando no tienes a dónde ir? ¿A quién procuras? ¿A tu madre, tu padre, una amistad de hace años o un extraño casi familiar? ¿Te has dado tiempo? Tiempo para fracasar y conocerte, para llorar y extirpar con gritos mudos, eso que tanto duele.

Es tu derecho.

Hacer un inventario emocional cada cierto tiempo es tan necesario para el alma como limpiar la nevera o vaciar la lacena para retirar alimentos expirados. Los sentimientos también se acumulan: los más nuevos, a tu alcance, se interponen sobre otros y esos otros, ya olvidados al fondo, se deterioran y pudren. ¿Cuál es tu sentimiento favorito? ¿Hace cuánto no lo mimas? ¿No lo compartes? Ve. Haz un inventario de ti. ¡Ve! Pierde el tiempo… Y encuéntrate.

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