El Club

«Bueno, aprendé: las mujeres no escriben. Y cuando escriben, se suicidan

Según un reportaje de la BBC, esas fueron las palabras del tío de Cristina Peri Rossi, excelentísima escritora uruguaya, sobre la tendencia entre escritoras a terminar sus vidas de forma abrupta. Claro, aquellos que exploramos un poco más los tempestuosos mares de la literatura hemos escuchado sobre el Club de los Poetas Suicidas. Pero… Las mujeres… Las mujeres somos… ¿Diferentes? «Cuando escribimos»… Cuando escribimos nos desnudamos, nos desnudamos e incomodamos más que otras mujeres protestando topless.

Iba a publicar otra cosa. No esto. Pero un artículo sobre los poemas de Alejandra Pizarnik me recordó los bolsillos de Virginia Woolf llenos de piedras, el abrigo y el vaso con vodka de Anne Sexton, la guitarra en que se apoyó Violeta antes de pegarse un tiro en la sien. Las mujeres tenemos nuestro propio club. Nos persiguen los malos diagnósticos, las relaciones abusivas, la censura mediática y política. Nos atormenta la necesidad de susurrar por mesura, por delicadeza, por prudencia.

Nos mata conocer, porque en algún punto sabemos demasiado; nos mata sentir, porque pecamos de intensas; nos mata ser porque incomodamos: ser felices nos hace vulnerables, enojarnos nos hace violentas; entristecer, histéricas; y ni hablar de amar, ¿quién se atrevería amar bajo tanto escrutinio? ¿Por qué nos inunda la vergüenza al decir: soy poeta? Nos matan. Y nos matamos.

Nos matamos estudiando quiénes somos, disecando nuestra alma para estudiarla, estudiarla como estudian los cuerpos aquellos inclinados a la Medicina. Estudiamos nuestra composición más primitiva: desde los órganos más obvios hasta la sustancia más amorfa; y nuestros textos de medicina son poetas, son ensayistas, son cuentistas, son literatos, gente que ha abierto su alma y la ha disecado, y ha dicho: ¡mira qué maravilla llevo por dentro! ¡admira mis monstruos! ¡míralos a los ojos!

Marina Tsvetaeva se ahorcó con la misma cuerda con que su enamorado le envolvió las maletas antes de su último viaje. Antonieta Rivas se disparó al corazón con el revólver de su amante, con quien había estado la noche anterior, en un banco de madera frente a la Catedral de Notre Dame. Sylvia Plath le sirvió a sus hijos leche y pan, los acostó a dormir y metió la cabeza en un horno de gas, mientras ellos dormían. Ana Cristina saltó por la ventana del departamento de sus padres, un octavo piso, a sus 31 años; mientras Amelia Rosselli prefirió un quinto piso a sus 66. Florbela Espanca se suicidó el día de su cumpleaños con dos botellas de veronal.

Es personal. Muy personal. Nos matan. Nos mata la angustia, la incomprensión, la soledad. Nos matan los recuerdos, los vacíos latiendo entre puntos suspensivos . . . Nos mata saber qué sentimos y reprimirlo, esconderlo. Nos mata nadar contra la corriente de la enajenación, de la automatización, de la apariencia. Y con tal de no darles el gusto, nos matamos. ¿Será? ¿O será que evolucionamos en nuestro estudio? Que llegamos a comprender que todo es pasajero, y como dijo Alejandra: explicar con palabras de este mundo, que partió de mí un barco llevándome.

No lo sé. Cómo podría saberlo.

Es un club muy privado.

7 comentarios en “El Club

  1. Estoy leyendo a Mari Negroni una autora argentina que también dice esa frase, no se la atribuye a nadie. Pero me ha impactado porque la ha dicho varias escritoras. Rosa Montero, por ejemplo. Esa. frase «las mujeres no escriben. Y cuando escriben, se suicidan.»

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  2. Interesante escrito. Desconocido para mi totalmente.
    Pues con mayor motivo, que todas las mujeres que escribimos no tengamos otra muerte que la natural, de muy muy muy mayores y con un gran legado de escritos(tantos como deseemos)

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    1. Que así sea. Puedes buscar más información, incluso sobre el Club de Poetas Muertos, que incluyen varones. Hay hasta artículos profesionales enfocados en posibles motivos psicológicos. Es muy triste, pero interesante. Nos hace (re)pensar el escribir.

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