Cuerdas

Si reposara fatigada sobre mi lecho de muerte y el aliento solo me alcanzara para dos palabras, le diría: preferiría odiarte con la garganta llena de flores. Si el ánimo me diese para más, agregaría un: como nunca odié a nadie, pero si por obligación tuviese que mantenerlo breve, repetiría exactamente las mismas palabras en un tono más melancólico: preferiría… odiarte, con mi lengua arrastrando piedras por un bordillo de agua.

Seguro ataría sus manos con las mías y sacudiría la cabeza, admirando lo aterciopelado de mis flores; o permanecería estupefacto, pescando ideas en la fuente decorativa que tiene por cabeza. En realidad, nadie sabe qué diría; si es, por supuesto, que diría algo. Quizá su silencio sea vasto y crezca, como los árboles en el bosque, hasta ser solo un susurro esperando otro aguacero, otra catástrofe a la que afrontar con el frío juvenil de la indiferencia.

Son las cosas en que pienso cuando le recuerdo de golpe, sin querer. Cuando un no sé qué me recuerda que aún existe, vibrando en otra sintonía. Leía esta mañana un artículo sobre la teoría de cuerdas: cada célula de cada órgano, de cada cuerpo, que sostiene cada cosa y se sostiene sobre otra cosa, cuya materia se compone de distintas materias y diferentes átomos, cada uno contiene en su núcleo su propia cuerda, vibrando a su ritmo, generando sus propias notas, su propia sintonía.

Solté el celular sobre la mesa y con el café a medio hacer, suspiré. Suspiré consciente de lo maravillosa que es la vida, de lo grande que nos queda esta experiencia, este latir consentido, este palpitar al unísono que llamamos existencia. Solo queda escribir, pensé. ¿Sabían que según la forma de vibrar, puede ser luz o materia? Supongamos por un segundo, que podríamos manipular hasta la última cuerda de nuestro ser: ¿serías luz o materia? Aún peor, te dejaría escoger: ¿qué tipo de luz, qué tipo de materia?

Y así, me hice flores en una garganta o el murmullo de piedras cayendo por un riachuelo de agua en un bordillo de miseria. Y así, me hice la idea de que moría, y con mi último aliento le decía: preferiría odiarte. ¿Por qué materia? ¿Por qué luz? ¿Por qué nadie nos explica de qué está hecho un sentimiento? Me rehúso a pensar que está hecho de cuerdas. Me rehúso a pensar que cada presionar de tecla en esta computadora, que cada idea que lanzo al espacio, no es más que otra cuerda perdida en el ritmo descomunal que llamamos vida… O peor aún, si cada átomo genera su propia vibración, ¿a qué suena la Vida?

«Es hora de dormir», se los digo al despertar.

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