La Alegría siempre nos pasa factura.
La Alegría siempre nos pasa factura. Es una de esas verdades sobre las que nadie te advierte, de las que aprendes solo, tropezando con piedras. Y es una pena… Pocos sentimientos son tan maravillosos como la Alegría y su alevosía: la liviandad, casi heroica, experimentada al reconocer que vivimos, en ese instante, un verdadero privilegio. Y cuanto más alegre somos, más ilusiones nos hacemos: alas de cera y plumas, que nos elevan a lo más alto…
¿Cuándo fue la última vez que sentiste Alegría? ¿La última vez que el tiempo pasó sin ti, mientras tú pasaras por él? ¿Recuerdas esa sensación de que no existe nada: solo tú, el motivo de tu alegría y la caricia al alma de un consuelo que resbala, sutil, como una gota de lluvia en el vidrio? ¡Qué privilegio! Hasta los bordes de las persianas brillaron porque tú brillabas, y en algún lugar de este basto universo, un lucero te guiñó un rayo extra de luz, solo para ti y tus pupilas.
Pero, luego llega la Vida, con factura en mano, a reclamar el balance del bien y el mal, a restaurar el equilibrio natural de las cosas, y cuanto más grande fue tu Alegría, más cara, más dolorosa, más estrepitosa es la caída y el Dolor. ¿Pero vale una Alegría de un par de horas, el sufrimiento de años? ¿Cuán necesarias son las alas de cera, si puedes quedarte con los pies en la tierra? Y al final, como lo dijo Joaquín: «al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver».
Como escritora, no hay mayor alegría que hilvanar letras y coserlas luego, en ojos ajenos, con la elegancia de quien comprende sin necesidad de conocer. La última vez que escribí me enredé por error en las cuerdas, y caí – desde la cúspide hasta el remate, sin lanzar ni un grito, ni un suspiro. Ya no duele, me dije, y por meses fui la sombra que rondaba los pasillos de mi casa, arrastrando un alma que por oficio, no me abandona.
Hoy, a diferencia de los pasados meses, presentí por primera vez en mucho tiempo la Alegría. Intuyéndola a lo lejos recordé su liviandad llenando mi alma, y me escondí… Por no pagar el precio, por no darle el gusto a la Vida de verme arder en el corredor del desconsuelo, aceptando limosnas de manos más temblorosas que las mías. Una tontería, verán… No podemos eludir el privilegio ni rechazar la única instancia en la que podemos volar, aunque sea con alas de cera: hagamos que el vuelo valga la caída.

Precioso texto. Qué la alegría te acompañe siempre. Un abrazo.
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¡Gracias! Igual a ti, ¡feliz año!
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