Un poema cae sobre una superficie plana y rebota,
una, dos, tres veces, hasta perderse en el horizonte.
¿A dónde va?
Al fondo. A la oscuridad. Al vacío de una pupila, de un alma hueca, de un cerebro adormecido.
Su propósito duró lo que dura un estornudo.
El espectador cree que ese fue el poema; un hecho claro, un movimiento súbito de palabras que cruza su mirada solo para extasearle, para revolcar las pocas emociones que aún habitan los glaciares inóspitos de su alma. No pregunta a dónde van ni arrastra consigo un indicio de pena: basta con saber que existió, que lo presenció, que no hay más espectaculo al caer el telón y él da la espalda, aplaudiendo.
El testigo sabe que ese no fue el poema; sospecha del rebote y deja que el ritmo resuene en su alma. Una, dos, tres veces… Mirando fijo al horizonte. Espera el cierre, la despedida. Relee. Siente las subidas y las bajadas, como una náusea, en su garganta; le consuelan los rebotes: valen las caídas fuertes, por la caricia de un alivio; y se pierde, con buenas intenciones, en la pureza de quien no cuestiona.
El amante disfruta ser el poema; se eleva y cae, se eleva y cae, se eleva y cae, hasta ser uno con el vacío de una nada densa e infinita. El poema es el trozo de alma que le obsequian. Cada salto es un suspiro, cada pausa es un alivio que duele so pena de alquien conocido, de alguien a quien busca desconocer. Y se retira, con su nueva emoción y la conciencia clara de quien ama sin poseer.
¿Cómo muere un poema, entonces? Muere, ¿saturado de interpretaciones? Muere, ¿sediento de un alma a la que enriquecer? Muere, ¿olvidado? ¿Puede morir? ¿Tiene que caer por todos los precipicios para que sepa a sangre, a dolor, a verdad, de esas que ni se callan ni se dicen? Un poema tiene el terco destino de las raíces y la finalidad fugitiva de las alas. Es fatal, en su naturaleza: como un surco que ha florecido en vano y es cien veces más triste que el que no ha florecido.
