«Nunca te alejes de aquello que te produce escalofríos.»
Confieso que hace cerca de un año tropecé con estas palabras de Miguel Gane y, en lugar de aceptar su consejo, lo tomé como un desafío. Declarando el inicio de mi propia odisea, rendí en silencio mis armas, cedí al asedio de lo cotidiano y me alejé con la certeza de que no existe distancia más larga que el olvido.
Sabía que distanciarse para volver a ver – de lejos – lo que tanto se admiró de cerca, toma tiempo. Tiempo y espacio. Tiempo y valor. El viaje de ida no es fácil, y el de regreso no está garantizado… Pero, no hay otra forma de apreciar lo que se tuvo o se creía tener: la distancia es un mal necesario. No podemos apreciar una obra de arte en su totalidad, observando solo las pinceladas.
Hoy volteo y aquel «algo» aún resplandece a lo lejos: tan fuerte como ayer, tan vivo como el presente; tan real como un sol, que me llama a su vera, para compartirme el calor frío de los amores natimuertos. De mi marcha, de ese largo camino, solo queda en el suelo una corriente plana de piedras molidas y en el aire, partículas densas de polvo suspenden el tiempo perdido en un luto silencioso.
No existe distancia más larga que el olvido, ni más corta que el recuerdo.
Lo aprendí yo, para que tú no tengas que hacerlo.
No podemos escapar de lo que amamos.
Para ese mal aún no hay remedio.
