«Para un deseo así, toda la vida es poca...»
Llegará el día en que ya no nos encontraremos por la calle ni la suerte nos empujará a coincidir. El día en que mi espalda ceda a la gravedad y tus pies no resistan el trajín de las horas. Mi pelo, gris ya, se quebrará lo suficiente para cortarlo y en mi memoria te disolverás, como una figura más, entre la multitud de deseos borrosos: olvidaré tu nombre, confundiré tu cara. No me quedarán fuerzas para correr tras de ti, ni juventud para retenerte: no pariré tus hijos, ni degustaremos juntos más de cien lunas de miel.
Llegará el día en que le contaré nuestra historia a nuevos miedos con voz y manos temblorosas. Y entonces, quizá, ya no me recuerdes tú tampoco: ni mi sonrisa, ni mi mirada suplicándote un hilo de esperanza donde colgar las ganas del día siguiente. Tu piel se marchitará en una butaca húmeda, salpicada por las gotas del calor que se deslizarán por tu frente arrugada, y no seré yo quien te ofrezca café ni quien te cuide burlona al borde de tu cama.
Ese día llegará, sin darnos cuenta. Será un ventarrón de años que nos acariciará una vez al día; un grito ahogado en gemidos silenciosos a kilómetros de luz y camas separadas. Nuestra cobardía, hoy tan serena y jubilosa, se apagará lentamente con nosotros, convirtiéndose también en cenizas llenándolo todo de polvo. Ese día llegará y solo nos veremos en sueños. Despertaremos con la sensación ahogada en el pecho de ese algo que no se sabe qué es, y no habrá palabras para explicarlo, oído que lo entienda ni tiempo para remediarlo.
