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Rayando el sol las 10:00, libre el día de entradas y salidas, llegué al Café, un poco más dormida de lo normal. En la puerta, una corona disimulaba vanidosa su sello IKEA junto a una pequeña vela plástica aún apagada.

Mi cerebro disparó sin apuntar: ¿Navidad?; y, ya abiertas las puertas de par en par, un raquítico árbol con siete tristes bolas de cristal confirmó que de eso se trataba: ya, ya es Navidad.

Las cintas, las coronas, las cajas y cajas de bombillas, las estrellas, las pascuas, las bolas de cristal, los pinos y el chef, Fabián, con su bandeja de pan aún caliente… Sin duda, gritaban al unísono: ¡Navidad!.

«Recuerdo que el año pasado estaba en esta misma mesa, cuando trepabas las columnas para decorarlas», le dije a Fabián, entre sorbos de café.

Su esposa, una mujer compacta obsesionada con el mismo disco musical cristiano desde hace dos años, se burló de aquella maniobra infructuosa y él, en evidente esfuerzo por esquivar nuevas misiones imposibles, me deslizó bajo la mesa un conspirador: «No me lo recuerdes».

Entre opiniones y gestos, cuatro mentes maestras colgaron ridículas bolas gigantes del techo, balancearon pinos de escarcha sobre las mesas, enredaron pasamanos con guirnaldas plásticas, y se declararon la guerra más de una vez discutiendo posiciones estratégicas para las bombillas, clasificadas por color, extensión y forma.

La mesera, evidentemente saturada, me lanzó un par de bromas sin esforzarse demasiado en disimular sus ojos tristes. No era discordante, no era importante, pero allí estaba la tristeza, midiendo a las sombras su margen de maniobra, esquivando cintas, coronas, cajas, estrellas, pascuas, bolas de cristal, pinos y a Fabián, que observaba al comité de guerra desde la caja registradora.

Un sin sabor difícil de arreglar con dos cucharadillas de azúcar o una pizca de canela. La tristeza, a diferencia de la felicidad, no apellida en pseudos ni pasa de moda. Es tan personal, tan profunda y arraigada, que florece donde germinó hasta trepar como una enredadera por los ojos e irradiar ese sutil aroma a melancolía.

En época de olores y sabores exquisitos, así como decoraciones que requieren medidas extraordinarias, ¿dónde guardamos la tristeza o el añoro? ¿dónde escondemos lo que extrañamos, lo que perdimos o creímos haber ganado? ¿a dónde huimos cuando la angustia reclama algo real entre tanta parafernalia? ¿decoraremos también nuestra sed con plástico, escarcha, cristal y tinta multicolor? ¿nos endulzaremos el corazón roto, nos regalaremos un paseo por el parque, nos daremos tiempo para reír, para llorar, pausando de una vez este fingir, esta falsa felicidad que en unos meses, volverá al pasillo del regateo en oferta pese al aumento en demanda? ¿quién nos descontará el tiempo perdido decorando con polietileno la tristeza?

Sí, ya llegó la Navidad.

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