Diciembre

Familia es una palabra muy dura: cáscara de nuez, hueca y primitiva, que endulza con sabores, olores y sonidos complots anuales.

Recuerdo que tropecé con un gato en una fiesta y el aro en su boca me atormentó por semanas; que en nuestra primera cita, bromeó sobre una invasión de ratas en su auto y le creí, empañada por el golpe burlón de su infantil atropello; también recuerdo que se fue, llevándose consigo el boleto a lo normal, al sentimiento familiar que di por sentado, y que mirando al pasado, despilfarré entre los meses de junio a mayo.

Antes de él, no era norma lo familiar: las cenas elegantes, aburridas; los viajes al campo, largos y tediosos; no habían vestidos que estrenar en sigilosa complicidad ni miradas indiscretas que traficar, durante la repartición de comida, entre cubiertos mal envueltos.

Ninguna otra alma cruzó el umbral de mi portón, probó el pavo de mi tía ni asistió a las depresivas fiestas de mi madre; incluso, por capricho, renté durante los últimos años un autómata para días festivos: un nombre que pronunciar, sin más afán que el de respuesta; pero hoy, ratificada la paz, libre de reincidencias, me aburro y pienso en el gato y sus ratas, en el autómata y en mí, ya sin fiestas, agradecida de lo que no vuelve y de lo que siempre, siempre, regresa…

Diciembre es mes de las idas por las vueltas: nadie me invitará el champán ni traficará aperitivos en servilletas, no tendré oído en el que susurrar planes de escape, manos a las que negarle un baile o boca en la que depositar un beso semicasual; no habrá expectativas de encuentro, horarios de regreso, comentarios indiscretos, sexo a domicilio en asientos de pasajeros, o tensas discusiones sobre manjares exquisitos…

Solo agradezco y espero; espero bastar, si me necesito.