Prólogo bisiesto

Perdí el hilo de las publicaciones en el vacío inhóspito de los borradores incompletos: la excusa ha sido el laberinto, y no sentir más que necesito intuir su dirección. Me siguen nuevos pasos que dejo marquen el ritmo, mientras trafico cariño entre esquinas curvas y autopistas a ninguna parte. Inmaterial, pero reduzco a polvo mi talento y maquillo con frases llanas la planicie de tontos argumentos sin que medien los punto-coma. Solo cuando no está, me cuento en décadas por no ultrajar otro guiño al futuro y es que carga en sus pupilas una chispa que olvidé hace mucho en casa ajena, desenreda sentimientos con la ingenuidad de un crío y no teme a mí, a mis vicios o mis vaivenes de bandera roja.

Es agradable la liviandad, cuando sólo soy otro pez de ciudad convulsionando presa del humo… Dice admirarme y le admiro por ello. Fermenta mis virtudes con su andar risueño, siempre volteando a ver si aún le sigo. Disfruto sus mordidas, pero no las resisto. ¡Vaya manera de ser, siendo la sombra sobre el mueble, el gemido tras el silencio adrede, el mareo inoportuno! Soy un cometa, atado a una mano amable, que ignora los ventarrones y no teme tomar el volante cuando me nublo. Cielo. Así le llamo, y me brotan alas. Perdí el hilo, pero sigo hilando fino mientras frunzo el ceño por no voltear a verlo y reflejarme en el cristal de sus buenas intenciones… Y es que le he dado todo; todo, menos mis palabras… Para eso espero que me eleve el viento.

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