Madrigal

Consumí la botella de vino a las 18:59, y creo que también la luz de los vitrales en mi sala. Me agotó el aliento un eco melancólico susurrando «…de ti misma a ti misma…» por el único pasillo del apartamento; es curioso, estudié el concepto depresión en Geografía y no encontré grandes vacíos en los altibajos de sus hondanadas; todo lo opuesto, que allí por lapsos se rozan nubes y cohabitan torres sin recepción: un accidente, orográfico, si gustas, pero accidente, como el de mis deseos más urgentes por hallar sobriedad en la lucidez.

Aquí rara vez algo pasa. Sospecho que soy en mí un mal necesario y a contra luz, transparente, como la gota de agua entre los dedos de la enredadera, más real que el cuerpo que me habita, condenada a morir aislada en otra mente… Ya lo dijo Paz, «mi pensamiento tiende un puente», y salto – con el peñón atado al vientre – rogando chocar contra el estribo de mi propio parapeto. ¿Has pescado alguna vez? ¿Sabías que los peces también sienten… dolor? Que se asume que no, y me identifico, cuando muerdo un pensamiento y me lesiono el paladar por puro placer a lo ambiguo.

Nosotros rara vez coincidimos, pero ya verás cómo, más tarde que pronto, me renuevo la coraza y es que con una declaración de guerra en la garganta, ¿quién puede dormir? Es muy rara esta melancolía de saber que nací para morir, con el pecho marcado como Heste Prynne, zumbando melodías de Violeta Parra, bajo mi propia carpa. ¿Has leído su carta alguna vez? ¿Sabías que se cagó en las despedidas, que calculó el valor del hombre, que Nicanor fue su único dios?

No tuve nada. Lo di todo. Quise dar. No encontré quién recibiera.

La escondió entre sus piernas, mordió el anzuelo y se lanzó. Una bala, y allí murió, presa de un mar de moscas, acampando sin pulso, bajo su propio proyecto. Fue un puente, o si quieres, dos, que aquí no hay lucidez ni mucha prosa, que no hay más por dar ni quién reciba. Es mejor. A solas. A medias. A viva voz. Pausa. Que ya se despertó.