Hilos rojos

Fue cuestión de Tiempo.

No temo regalarlo y no volver a verlo. Sé que su destino es perderse entre los tics del reloj, una y otra vez, hasta extinguirse como el humo o recomponerse, como las olas contra el muelle.

Me gusta creer que sigue siendo mío, aún después de medirlo, venderlo, prostituirlo… Y es que fluye a mi vera, rozando con sus helados dedos lo que aún queda de vida en mis muñecas, pero es cuestión de tiempo, lo sé: ellas también serán frías como la hierba, blancas como la espuma, duras como las agujas que llevan mi vida a trote.

Los días pasan y la rutina se vuelve cada vez más obvia. El peso de los días se acumula y lo suelto, a mitad de camino, porque aprendí que ahí lo dejo y no vuelvo a verlo. Es fácil ignorar lo que se queda atrás. Lo que nos mira de lejos preguntando ¿cuándo vuelves?

Es la edad, supongo. Ya no me asombran los viernes ni siento que los domingos sean diferentes a los jueves… Y es que no me cabe la menor duda: he sido domesticada.

Soy un pez de estuario viviendo en un florero – pero, aún si fuese un ave libre, sería una paloma de plaza pública observando los mismos sombreros todos los días, comiendo el mismo pan – de las mismas manos – refugiada bajo el mismo sol en un techo abandonado.

No hay tanta libertad, en ser libre… Es cuestión de Tiempo.

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