Lucidez Terminal

Recuerdo mis últimas semanas en compañía. Fueron días envueltos en lo que llamaría una nube gris, a no ser por los espontáneos destellos de alegría. En las mañanas, por ejemplo, fumando como la oruga de Alicia, me anticipaba sus planes del día, mientras peinaba con mis dedos su pelo importándome poco lo que haría sin mí: yo, iba a donde iba, lo llevaba siempre conmigo.

Nunca dejamos de ser quienes éramos cuando nos conocimos. Habían rincones de su alma que nunca aspiré a perturbar y que eran, de hecho, mis favoritos; esos, en que se escondía para adorarme o arrepentirse de hacerlo. Pero, poco a poco, signos de descomposición los invadieron: pérdida de calor, rigidez… Se nos escapaba el tiempo en cada beso.

Supe que caducamos el día en que sonrió por sonreír y no tuvo prisa por llegar a casa. Esa noche despegó los ojos del televisor y me preguntó a la defensiva: ¿por qué me miras así?, y admito que lo miraba como se mira a un enfermo terminal o a un condenado a muerte, cuya sentencia está próxima a cumplirse. Sacudí la cabeza, sonreí y continué mi libro.

Sabía que estaba enamorado de otra persona. ¿A dónde más podría haber ido el brillo en sus ojos? No era yo el motivo de su alegría, la presencia que arreglaba un mal día o el pedazo de anatomía que le apetecía devorar. Y más importante aún, ¿quién era yo para arrebatarle eso? No escogemos por voluntad propia de quién nos enamoramos.

Y, lo dejé ir. Lo dejé ir sin miramientos, soltándole de golpe a mitad del camino: él, continuó con ella; yo, continué conmigo. Esto no es algo que recuerde siempre; solo, a veces, cuando otros cuestionan con curiosidad la soledad que he elegido y que ha sido, aunque me cueste admitirlo, mi bien más preciado. He descubierto fragmentos de mí que desconocía: manías y tendencias autodestructivas, que solo podría amar yo, conmigo mí misma, y jamás me atrevería a compartir. ¿Quién amaría estos pedazos rotos, que hieren a otros, que no tienen arreglo y cuyo único propósito es coexistir?

Hay mucha demencia en el enamoramiento. Es un estado de disociación absoluta, de enajenación, torpeza y olvido. Es caer en la despersonalización, cuando al admirar el objeto de nuestro amor reconocemos en él la mejor versión de nosotros mismos. Mucha confusión, alto desorden emocional y vértigo. Es dar un paso, admirar sus labios y retroceder dos… Sentirte vivo, injustamente vivo, y alejarte para imaginar en tu rincón los besos que no diste, y en estado delirante, casi esquizofrénico, moder su cuerpo reviviendo eso que por prudencia, nunca pasó: tan perfecto, como irrepetible.

Es un fenómeno inexplicable para la ciencia. No sabemos por qué, antes de morir, quienes sufren de demencia experimentan un breve periodo de lucidez. Es un fenómeno inexplicable para todos; incluyendo esos que miran sin ver, hablan por hablar y no respetan los delirios compartidos por las víctimas de Hipócrates y los vaivenes del «sujeto trascendental». Éramos dos dementes apostando al tiempo. A lo que pasa porque tiene que pasar, hasta experimentar la lucidez terminal y ver, claramente, en nuestro apego la injusticia. Yo, por mi parte, el día que volví a esa casa vacía, me prometí no volver a ser – jamás – para otro hombre, motivo alguno que no fuese el de alegría.

Ya no me pregunten más, por favor.

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