– ¿Qué va a ser de nosotros esta tarde? – exclamó Daisy – ¿y al día siguiente, y en los próximos 30 años?
– No seas morbosa – dijo Jordan -. La vida vuelve a comenzar cuando todo empieza a crujir en otoño.
– Pero es que está haciendo tanto calor – dijo Daisy, a punto de llorar -. Y todo es tan confuso…
El Gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald
Sentada al borde de mi cama, busqué un motivo para apurar el día. Me rebusqué por dentro, tirando de lado las entrañas, pero solo había niebla, una niebla densa y profusa. Busqué lejos, en la ventana, donde los rayos de sol se estiran hasta crujir y los pájaros tosen su melodía venenosa; pero, solo encontré un mundo gris, hostil y borrascoso, en el que mi mirada se consumía absorta hasta evaporarse. Todo era silencio, pero no cualquier silencio: era el silencio después del ruido de carcajadas, susurros, sonrisas. Es ese silencio ruidoso, el que lo contamina todo con la sensación adormecida de un calambre, de la circulación interrumpida.
El verano es un mito.
El otoño vive en mí.
Las horas de luz disminuyen y mi cuerpo ahorra energía moviéndose por inercia, como una serpiente sigilosa, entre la gente, los trenes, de día y de noche. Puedo sentir mis huesos secarse poco a poco, mi piel perder su brillo, mi cabello ser víctima del descuido. Mira mis pétalos, diría, mira cómo ennegrecen y se encogen, cómo pasa la brisa y los derrumba, cómo se los lleva la corriente del vendaval, la violencia de la borrasca, lo hostil de la calima… Estoy mudando mi piel. Lo puedo sentir. Intentan brotar de mí nuevas hojas, donde antes no había nada, y me conmueve la resiliencia del porvenir, el dolor después del dolor. ¿A quién se le explica que es invierno en mi ventana, otoño en mi alma, y habito en la ciudad de la eterna primavera?
Sobran las palabras…
Eso no se le explica a nadie.
