Amor de Anticuario

«Cierren la puerta cuando se vayan, pero no pongan el seguro que yo vuelvo. Las quiero mucho.»

Abuela siempre renegó del campo y sus costumbres. Su mayor orgullo fue mudarse a la Capital, aunque le haya tomado un tiempo sacar los pies del Fanguito. Comenzó a odiar el campo una noche, cuando en la oscuridad divisó desde su ventana, un animal de ojos amarillos mirándola…. O eso solía contarme; eso, y sobre los caballos que cruzaban ríos y los ríos que cruzaban montañas, caminos peligrosos y bailes de salón, en que su madre estrenaba zapatos y su padre tocaba el cuatro.

Abuela siempre olía a polvo Maja, y se bañaba cada cierto tiempo con leche. Untaba miel con azúcar en su cara, y se humedecía el pelo con agua de rosas. En la noche, se perfumaba con colonia de violetas y cremas: cara, brazos, piernas. Dormía boca arriba para no arrugarse, siempre con una lámpara encendida. Yo, acostada a su lado, me dormí (más de una vez) imaginando que cuando fuese vieja, tan vieja como ella, olería como ella olía: simplemente perfecta.

Abuela despertaba antes que el Sol. Preparaba café con media, y hervía la leche con ramitas de canela y azúcar morena. Se escondía en el cuarto que daba al jardín para preparar la masa de los pasteles, regañando a mi abuelo entre susurros porque nunca avanzaba a pelar los plátanos. También solía rezar el rosario temprano, murmurando, para no despertar a los muertos; y decoraba las mesas con azucenas, para que no faltase nunca la abundancia.

Cuando me enfermaba, abuela preparaba un ponche con canela, huevo, leche y anís; y ya de adulta, para aliviar los cólicos menstruales, me preparaba unos tés malísimos que yo vertía por el lavamanos. Siempre supo sobre la Luna, y sabía qué días recortarse, qué días sembrar las plantas, podarlas o recoger sus frutos. Solía escarbar la tierra con sus manos, porque ayudaba a crecer las uñas, y guardaba las habichuelas hasta el fin de semana, para poder desvainarlas juntas.

Abuela tenía los ojos azul topacio, y una vez me regañó por decir en la escuela que nació vieja. Cosía en una Singer, y me enseñó a instalar el hilo, a dar puntadas rectas, a no olvidar ponerme el dedillo, a aceitar las ruedas y el pedal. Íbamos juntas a comprar telas y patrones de costura en Capri o el mercado de Río Piedras: ella, me hacía vestidos y yo, paños de bebé para mis hermanos; juntas, remendábamos la ropa, siempre con hilo blanco, que era el más barato.

Abuela me enseñó cómo cortar las flores para que duren más, a guardar nombres en frasquitos con miel si algo iba mal, a siempre tener un trozo de pan seco sobre la puerta. Me enseñó a hacer papel maché, pintar dentro de las líneas, y a leer, leyendo todas las mañanas el horóscopo. Me enseñó el poder del árnica, del hielo, y de una cucharada de agua de azahar antes de dormir. Cierra la puerta, nos decía, y colocaba espejos por las esquinas.

Abuela cultivaba albahaca, anamú, manzanilla y áloe, y me advirtió más de una vez sobre la belladona. Con ella aprendí a recoger las hojas, lavarlas, tenderlas, secarlas al sol, molerlas y distribuirlas en pequeños botes de cristal reciclados. Su delantal siempre manchado con achiote, delataba la preparación del aceite para pasteles; el: vete que se te queman los ojos, delataba la olla de pique hirviendo en la cocina a borbotones.

No hay forma de hacerle justicia. Quisiera poder explicar la delicadeza de sus manos al hacerme las trenzas, esa paciencia con que vertía su corazón en cada cosa que hacía, o el brillo en sus ojos cuando me reconocía intermitente, burlando el velo que le acariciaba, entre la vida y muerte. Hay tanto de ella en mí, y son mis partes favoritas: la menos apreciadas por otros. Vive en cada uno de mis latidos, y le recuerdo como siempre, sonriendo, alejándose de mí, diciendo: Chechén, vente.


Neris Margarita Burgos Rivera nació el 26 de mayo de 1928 a las 10:00 am en la casa de sus padres, en el barrio de Cuchillas en Morovis, Puerto Rico. Su padre, agricultor, se llamó Pablo J. Burgos, y la inscribió en el Registro Civil el 23 de junio, junto a su esposa y madre de Neris, Carmen Rivera, costurera, de 22 años de edad. Se casó el 2 de abril de 1951 con Ángel Marrero Feliciano en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, y tuvieron 4 hijos. En el 1968, adoptaron a mi madre y en 1990 me adoptaron a mí. Murió en su casa, donde siempre quiso morir, un triste 6 de octubre de 2023.

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